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No era bueno... pero tampoco era malo (y la lección brutal de marketing detrás)
Escucha, esta historia es buena.
El otro día estaba en un asado conversando con un tío, y en un momento salió una anécdota que nos hizo reír, pero que esconde una lección muy potente.
Me contó que cuando murió su hermano, en el funeral le preguntaron qué frase quería poner en la tumba.
Algo típico.
—¿Cómo era tu hermano? —le dijeron.
Y todos esperaban lo obvio:
“Era bueno”,
“Era espectacular”,
“Era una gran persona”.
Pero él respondió, muy serio:
—No era bueno… pero tampoco era malo.
Silencio.
Resultado: no pusieron absolutamente nada en la tumba.
Nos reímos, claro.
Pero cuando lo pensé mejor, me di cuenta de que ahí hay una lección de marketing muy poderosa.
La mayoría de la gente cree que vender es exagerar lo bueno y esconder lo malo.
Mostrar solo el lado bonito.
Sonar perfecto.
Error.
Eso genera desconfianza.
Lo que realmente conecta es la honestidad brutal.
Decir qué es bueno tu producto, sí.
Pero también decir qué NO es.
Qué defectos tiene.
Para quién no sirve.
Eso genera algo muy fuerte:
falta de necesidad.
Cuando no intentas convencer, convences más.
Cuando no escondes lo malo, lo bueno se vuelve creíble.
Cuando no inflas, la gente confía.
Esto no aplica solo a productos.
Aplica a marcas personales, contenido, ventas, relaciones… todo.
Las personas huelen la desesperación.
Pero también reconocen al tiro la congruencia.
Comunicar así requiere valentía.
Y técnica.
Saber qué decir, qué no decir, cómo decirlo y cuándo callarte.
Eso no es talento innato, se aprende.
Y eso es exactamente lo que enseño en mi formación de creación de contenido y comunicación.
PD: Decir la verdad vende más que cualquier promesa inflada.